Empieza a salir el sol.
Sale el sol y se suicidan las nubes.
Se suicidan las nubes y con ellas se acaba el Enero del que hablan las canciones.
El eterno Enero de repetidas lunas mezcladas con insomnio.
Insomnio que baila con la desesperanza un tango suicida.
Un tango en el cual, junto con el largo temblar del filo de nuestras copas, resuenan también los hilos que van de nuestra memoria al alma, los hilos de los que hablaba Machado.
Copas que brindan por inercia y bailan nuestros ojos evitando que tropiece alguna lágrima y se salga de los zapatos.
Mis zapatos nuevos de aguja fina con los que sujeto el orgullo que tú pisas con la puntera de charol barato.
Orgullo que se enreda en las rodillas sinónimas mientras que estas pretenden aguantar el equilibrio para no terminar derramadas.
Derramadas en un suelo lleno de cristales semejantes a tiburones que se muerden la cola por esperar ansiosos algún pedazo de carne mustia y desgastada por el tiempo.
Por un tiempo que sujeta con la mano el capullo de las flores aún a sabiendas de que llega la primavera.
Llega la primavera y vuelve a salir el sol.
